No se como lo hiciste. No se como conseguiste desintegrar cada poro de mi piel en mil pedazos. No se como hiciste que aún así siguiera arropandote en mis brazos, medio mutilada, empapada y constipada por haberte esperado tantas noches... Y nunca llegabas. Venía al sol a recogerme, me arrastraba hasta a mi casa, me metía en la cama y ahí me quedaba, hasta que la luna tiraba piedras a mi ventana y me despertaba. Y yo, desgastada, me sentaba a esperarte en el portal.
Cuando llovía era aún peor, el rimel se corría, como si mi interior hubiera decidido, por fin, sudar la tristeza.
Nadie se paraba, y yo a nadie le mendigué nunca un poco de amor. Solo te esperaba a ti. Y jamás me diste un abrazo, o un beso; siempre era yo la que acunaba tus sueños. Eso me gustaba, o eso creía, hasta que me vi noche trás noche aullandole a la misma luna, tocando la misma herida.
Ni siquiera tuve fuerzas de hacerte un reproche. Al volver ni me miraste, pero aceptaste mi abrigo porque hacía frío. Y ya está, y con eso fui feliz un día... Luego volvió la soledad, el doler por doler, la cama vacía, los marcos sin fotos, la sonrisa sin risa, la mirada perdida, tu maldita inicial tatuada en la piel...
Y esa era yo.
Y esa era yo...
Y esa era yo contigo, osea que imaginame sin ti.
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