Me pediste que volara a tu encuentro. Y aquí estoy, con las alas desplumadas, con el pelo mojado, con la cara sucia, el cuerpo cansado y el corazón agitado. Gritaste en un susurro. Nuestra clave, nuestra manera de echarnos de menos, de salvarnos, de condenarnos... Gritaste, y como tantas otras veces, estuve a tu lado en menos de lo que dura un pestañeo. ¿Y para qué?, para lo de siempre, para acabar echandome, para seguir demostrandonos a los dos que el que manda eres tu.
-Esto ha de acabar. - Te digo mientras me abrocho el botón del pantalón.- Sigues tratandome como a una más aún sabiendo que soy la única que puede hacerte vivir de nuevo.
Me miras. Me pasas la camiseta y no dices nada.
-Me echarás de menos. Dedicaré mi tiempo a buscar mi felicidad, dejaré de venir cuando me llames...
Una lágrima se resbala por tu mejilla.
-Hazlo. Hazlo de una maldita vez. ¿Es que no ves que eres mi puta felicidad y que si tú no estás bien yo me muero? ¿Crees que no me doy cuenta de lo infeliz que eres cada vez que te arrastro a esta jaula? No abro la puerta para que te vayas por gusto... Lo hago por ti. Porque se que es la única manera de que seas feliz.
Y con esa declaración de amor, que tantos años me costó escuchar, me marcho. Con una sonrisa llena de lágrimas. Echo un último vistazo y despliego las alas, lejos de ti. Por fin. Para siempre.
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