Reconoce que viniste buscando acción y te di la vida.
Reconoce que no soy un juego, que no tengo reglas y que tu eres incapaz de ponérmelas.
Reconoce que he sido la valiente, la que se tiró a la piscina en pleno invierno sin importar la pulmonía y el choque del agua helada contra el pecho.
Reconoce que me has regalado noches desde tu almohada.
Reconoce que abrazarme te mojaba los ojos, y un poquito el corazón.
Reconoce que no fuimos nada y que esperabas que yo te lo diera todo.
Reconoce que esperabas más de mi, sin miedo, yo aún sigo esperándote a ti.
Reconoce que desvestirme era el mejor momento del día, que dibujar mis curvas con tus dedos te elevaba al cielo, vamos, sin miedo, te volvía loco mi cintura.
Reconoce cualquier cosa, reconocelo tú por mi, porque yo soy incapaz de reconocerte a ti.
jueves, 18 de diciembre de 2014
jueves, 10 de octubre de 2013
No se como lo hiciste. No se como conseguiste desintegrar cada poro de mi piel en mil pedazos. No se como hiciste que aún así siguiera arropandote en mis brazos, medio mutilada, empapada y constipada por haberte esperado tantas noches... Y nunca llegabas. Venía al sol a recogerme, me arrastraba hasta a mi casa, me metía en la cama y ahí me quedaba, hasta que la luna tiraba piedras a mi ventana y me despertaba. Y yo, desgastada, me sentaba a esperarte en el portal.
Cuando llovía era aún peor, el rimel se corría, como si mi interior hubiera decidido, por fin, sudar la tristeza.
Nadie se paraba, y yo a nadie le mendigué nunca un poco de amor. Solo te esperaba a ti. Y jamás me diste un abrazo, o un beso; siempre era yo la que acunaba tus sueños. Eso me gustaba, o eso creía, hasta que me vi noche trás noche aullandole a la misma luna, tocando la misma herida.
Ni siquiera tuve fuerzas de hacerte un reproche. Al volver ni me miraste, pero aceptaste mi abrigo porque hacía frío. Y ya está, y con eso fui feliz un día... Luego volvió la soledad, el doler por doler, la cama vacía, los marcos sin fotos, la sonrisa sin risa, la mirada perdida, tu maldita inicial tatuada en la piel...
Y esa era yo.
Y esa era yo...
Y esa era yo contigo, osea que imaginame sin ti.
Cuando llovía era aún peor, el rimel se corría, como si mi interior hubiera decidido, por fin, sudar la tristeza.
Nadie se paraba, y yo a nadie le mendigué nunca un poco de amor. Solo te esperaba a ti. Y jamás me diste un abrazo, o un beso; siempre era yo la que acunaba tus sueños. Eso me gustaba, o eso creía, hasta que me vi noche trás noche aullandole a la misma luna, tocando la misma herida.
Ni siquiera tuve fuerzas de hacerte un reproche. Al volver ni me miraste, pero aceptaste mi abrigo porque hacía frío. Y ya está, y con eso fui feliz un día... Luego volvió la soledad, el doler por doler, la cama vacía, los marcos sin fotos, la sonrisa sin risa, la mirada perdida, tu maldita inicial tatuada en la piel...
Y esa era yo.
Y esa era yo...
Y esa era yo contigo, osea que imaginame sin ti.
domingo, 6 de octubre de 2013
Te pasas la vida buscando pareja, una persona que se complemente contigo, que te haga feliz sin necesidad de no hacerte llorar, una persona que calme tus dolores sin usar ibuprofeno y que te desnude sin usar las manos.
Te pasas la vida buscando pareja, por estos motivos y por otro, mucho más banal, pero más importante: para no pasar los domingos solo. ¿Y qué ocurre cuando ya has encontrado a esa persona y llega el día del señor? Que te sientes igual. Compartís sofá y tu sientes que está la habitación vacía, que el cielo llora y que el aire es pesado.
Los domingos van por dentro. Esa es la verdad. Y están hechos del mismo material que los sueños...
Te pasas la vida buscando pareja, por estos motivos y por otro, mucho más banal, pero más importante: para no pasar los domingos solo. ¿Y qué ocurre cuando ya has encontrado a esa persona y llega el día del señor? Que te sientes igual. Compartís sofá y tu sientes que está la habitación vacía, que el cielo llora y que el aire es pesado.
Los domingos van por dentro. Esa es la verdad. Y están hechos del mismo material que los sueños...
sábado, 5 de octubre de 2013
Me pediste que volara a tu encuentro. Y aquí estoy, con las alas desplumadas, con el pelo mojado, con la cara sucia, el cuerpo cansado y el corazón agitado. Gritaste en un susurro. Nuestra clave, nuestra manera de echarnos de menos, de salvarnos, de condenarnos... Gritaste, y como tantas otras veces, estuve a tu lado en menos de lo que dura un pestañeo. ¿Y para qué?, para lo de siempre, para acabar echandome, para seguir demostrandonos a los dos que el que manda eres tu.
-Esto ha de acabar. - Te digo mientras me abrocho el botón del pantalón.- Sigues tratandome como a una más aún sabiendo que soy la única que puede hacerte vivir de nuevo.
Me miras. Me pasas la camiseta y no dices nada.
-Me echarás de menos. Dedicaré mi tiempo a buscar mi felicidad, dejaré de venir cuando me llames...
Una lágrima se resbala por tu mejilla.
-Hazlo. Hazlo de una maldita vez. ¿Es que no ves que eres mi puta felicidad y que si tú no estás bien yo me muero? ¿Crees que no me doy cuenta de lo infeliz que eres cada vez que te arrastro a esta jaula? No abro la puerta para que te vayas por gusto... Lo hago por ti. Porque se que es la única manera de que seas feliz.
Y con esa declaración de amor, que tantos años me costó escuchar, me marcho. Con una sonrisa llena de lágrimas. Echo un último vistazo y despliego las alas, lejos de ti. Por fin. Para siempre.
-Esto ha de acabar. - Te digo mientras me abrocho el botón del pantalón.- Sigues tratandome como a una más aún sabiendo que soy la única que puede hacerte vivir de nuevo.
Me miras. Me pasas la camiseta y no dices nada.
-Me echarás de menos. Dedicaré mi tiempo a buscar mi felicidad, dejaré de venir cuando me llames...
Una lágrima se resbala por tu mejilla.
-Hazlo. Hazlo de una maldita vez. ¿Es que no ves que eres mi puta felicidad y que si tú no estás bien yo me muero? ¿Crees que no me doy cuenta de lo infeliz que eres cada vez que te arrastro a esta jaula? No abro la puerta para que te vayas por gusto... Lo hago por ti. Porque se que es la única manera de que seas feliz.
Y con esa declaración de amor, que tantos años me costó escuchar, me marcho. Con una sonrisa llena de lágrimas. Echo un último vistazo y despliego las alas, lejos de ti. Por fin. Para siempre.
martes, 1 de octubre de 2013
Ojos que estando alegres, solo quieren llorar.
Como si de simple mantequilla se tratase abrió mis carnes. Sin preguntarme. Sin ningún pudor. Sin dudar, como tratando de averiguar sin querer averiguar que ocultaban esos ojos negros que riendo a carcajadas siempre parecían querer llorar. Reían tristes, con las sombras del dolor danzando en las pupilas y las cicatrices de la felicidad marcadas en el contorno.
Esos ojos, que son mis ojos, siempre habían buscado ver más allá; pero esa noche se quedaron estancados en uno de los charcos que la luna derramó en nuestro portal.
Él no habló. Se limitó a tararear una canción que nunca había escuchado, una canción escrita para cavar en pechos ajenos, para liberar almas, para estallar corazones... Porque eso es lo que creía que pasaría a continuación: que me estallaría el corazón, en mil pedazos, lloraría por cada poro de mi piel mientras la lluvia humedecía los rastrojos de mi cuerpo para evitar un incendio.
Pero no hizo falta. Me prendieron sus manos y no me tocaron. El fuego se abrió paso y estalló en la boca, dejandola seca, sedienta de sed, de besos, de anhelos. De todo lo que un día creyó que conseguiría, dejando se buscar, solo soñando...
Poco a poco todo volvió a la normalidad. Las llagas del cuerpo recuperaron el compás de la circulación y se dejaron ser, sobre la piel, rosaceas, inborrables, temiendo ser olvidadas... curadas. Pero eso no era posible, y yo lo sabía cada vez que me miraba en el espejo con los ojos que estando alegres, solo querían llorar. Nadie sería capaz de curarme las heridas porque yo no las dejaba de tocar. Eran tan bellas, que supongo que yo tampoco quería desprenderme de ellas. Eran historia, eran restos de las mil y una batallas de mi mente y de mi alma. ¿Quién era yo para privar al mundo de tan maravillosa estampa?, ¿quién era yo para salvarme?... Nadie... Mantequilla.
Esos ojos, que son mis ojos, siempre habían buscado ver más allá; pero esa noche se quedaron estancados en uno de los charcos que la luna derramó en nuestro portal.
Él no habló. Se limitó a tararear una canción que nunca había escuchado, una canción escrita para cavar en pechos ajenos, para liberar almas, para estallar corazones... Porque eso es lo que creía que pasaría a continuación: que me estallaría el corazón, en mil pedazos, lloraría por cada poro de mi piel mientras la lluvia humedecía los rastrojos de mi cuerpo para evitar un incendio.
Pero no hizo falta. Me prendieron sus manos y no me tocaron. El fuego se abrió paso y estalló en la boca, dejandola seca, sedienta de sed, de besos, de anhelos. De todo lo que un día creyó que conseguiría, dejando se buscar, solo soñando...
Poco a poco todo volvió a la normalidad. Las llagas del cuerpo recuperaron el compás de la circulación y se dejaron ser, sobre la piel, rosaceas, inborrables, temiendo ser olvidadas... curadas. Pero eso no era posible, y yo lo sabía cada vez que me miraba en el espejo con los ojos que estando alegres, solo querían llorar. Nadie sería capaz de curarme las heridas porque yo no las dejaba de tocar. Eran tan bellas, que supongo que yo tampoco quería desprenderme de ellas. Eran historia, eran restos de las mil y una batallas de mi mente y de mi alma. ¿Quién era yo para privar al mundo de tan maravillosa estampa?, ¿quién era yo para salvarme?... Nadie... Mantequilla.
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